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Como la gran mayoría de los documentales, La flor de la vida es una película de montaje: editarla es escribir el guion, construir la historia, encontrar nuestra propia voz.

Por eso, y porque somos montajistas, siempre tuvimos claro que la tarea recaería en nosotras… aunque terminó siendo un trabajo más colectivo de lo que pensamos al principio.

Como solemos investigar con la cámara encendida, en nuestros dos largos en colaboración, Hit y La flor de la vida, generamos una cantidad demencial de material.

Durante más de tres años filmamos varias historias y personajes, pensando en construir una película coral.

Pero cuando llegamos a la isla de edición nos dimos cuenta de que para hablar de los temas que queríamos tratar, solo hacía falta una de ellas: la historia de un matrimonio de toda la vida que al llegar a la vejez pone en duda los fundamentos de su propia relación.

Tardamos dos meses de visionado en llegar a esta conclusión.

La vida de Aldo y Gabriella se imponía, nos mostraba varias dimensiones, nos ofrecía un abanico de emociones, de momentos muy oscuros y otros luminosos. Haber dado con unas 100 horas de material super 8 y VHS que la pareja filmó a lo largo de 50 años juntos no fue un dato menor.

Además de muchísimas escenas filmadas con ellos durante el rodaje y además de todo ese material de archivo, teníamos horas de entrevistas con decenas de octogenarios que filmamos como parte de un casting, un material que nos fascinaba pero que no sabíamos si funcionaría en la película.

Ser una dupla tiene sus desafíos pero también sus ventajas. Dividimos el material entre ambas y cada una editó varias de las escenas, buscando un sentido a veces previamente discutido y a veces encontrado en el camino. En este proceso nos asistió también la colega Cecilia Trajtenberg, que editó algunas que formaron parte del corte final.

En paralelo, montamos pequeños fragmentos con las entrevistas que habíamos hecho como parte de la investigación, donde los veteranos reflexionaban acerca de los diferentes temas que íbamos a tratar en la película, como la soledad, el amor o el paso del tiempo.

Y finalmente, hicimos una selección de los momentos más lindos del material super 8. La parte que parecía más simple resultó bastante complicada. Podíamos estar horas viendo de corrido la vida de Aldo y Gabriella tal cual la filmaron, pero cuando tratábamos de cortar un plano, la magia desaparecía. Era como que esas cintas estuvieran embrujadas: se resistían a cualquier corte, sólo funcionaban así, como fueron filmadas, en ese orden, con esa duración, con esa magia única.

Al cabo de algunos meses habíamos construido tres timelines: una con unas 30 escenas de la vida actual de Aldo y Gabriella; otra con pequeños momentos de lo que llamamos el «coro griego» de entrevistados; y otra con una selección de material súper 8 que nos parecía un tesoro y que teníamos miedo de desperdiciar.

En un pizarrón escribimos dos caminos posibles de estructuras, usando estas escenas como ladrillos.

Y luego cada una editó uno de esos caminos: en la exploración surgían nuevas inspiraciones, nuevas ideas y formas de ver el material. Finalmente, del visionado conjunto de cada exploración, salía una síntesis de ambos caminos.

Así llegamos al primer corte, y así trabajamos hasta lograr otros tres cortes previos al final.

Dos hechos marcaron el proceso de escritura y montaje de la película. El primero fue una invitación a un laboratorio del Instituto Sundance en Utah, al que asistieron como mentores colegas como Jonathan Oppenheim, Laura Poitras, Robert Greene, Nels Bangerter y Joelle Alexis. De allí volvimos con una nueva escena que fue clave en la película y varios apuntes de temas a seguir trabajando.

El segundo fue la incorporación al proyecto de Jordana Berg. La habíamos conocido durante el Rough Cut Lab del DocMontevideo y habíamos quedado cautivadas. Un poco tímidamente le escribimos con un link a uno de los cortes preliminares, preguntándole si le interesaría hacernos una consultoría de montaje a distancia. Jordana se sumó al proyecto con entusiasmo y durante un año nos acompañó a lo largo de varios cortes de La flor…, nos ayudó a romper moldes que traíamos y a explorar nuevos caminos, que en retrospectiva fueron fundamentales.

Y a poco de cerrar el corte final, con el deadline de IDFA sobre nuestras cabezas, Jordana viajó a Montevideo y se internó 10 días con nosotras en la isla de edición para colaborar con la finalización (¿o el abandono?) del montaje. Para nosotras, no solo un lujo, sino también un privilegio de verla trabajar y aportar ideas a la película.

Así, poco más de dos años después de haber comenzado a montar La flor de la vida, dimos esa etapa por culminada. Fueron los dos años durante los cuales la película se escribió, encontró su camino, sus personajes y su espíritu. Y nosotras encontramos nuestra voz.